Me duele todo y las pruebas salen bien: ¿qué puede estar pasando? Dolor sin causa aparente

dolor-pruebas-medicas-normales/
dolor-pruebas-medicas-normales/
Índice

Hay una frase que escuchamos con frecuencia en consulta: “Tengo un dolor sin causa aparente. Me han hecho pruebas y me dicen que está todo bien, pero a mí me sigue doliendo.”

A veces la historia empezó con un dolor cervical. Después apareció la zona lumbar. Más tarde comenzaron las cefaleas, el cansancio, una sensación constante de tensión muscular o molestias que parecen cambiar de sitio.

La persona ha pasado por diferentes profesionales. Se ha hecho una radiografía, una resonancia, una analítica o varias pruebas médicas.

Y llega un momento desconcertante.

Los resultados no explican la intensidad de lo que siente.

Para algunas personas incluso aparece una duda mucho más incómoda:

“¿Y si todo está en mi cabeza?”

El dolor es real.

Que una prueba de imagen no encuentre una lesión capaz de explicar completamente tus síntomas no significa que estés imaginándolos. Significa que quizá necesitamos ampliar la pregunta.

En lugar de buscar únicamente dónde duele, puede ser necesario intentar comprender por qué el organismo continúa produciendo dolor.

Y para hacerlo tenemos que empezar por algo que durante mucho tiempo explicamos bastante mal.

 

Dolor y daño no son exactamente lo mismo

 

Imagina que te haces un corte en un dedo.

Los receptores especializados de los tejidos detectan una amenaza y envían información hacia el sistema nervioso. El cerebro integra esa información junto con muchas otras señales y aparece la experiencia de dolor.

Ese mecanismo resulta extraordinariamente útil.

El dolor hace que retiremos la mano, protejamos una zona lesionada y modifiquemos nuestro comportamiento mientras el tejido se recupera.

Pero el dolor humano es bastante más complejo que una alarma que mide directamente cuánto daño existe.

Podemos tener lesiones estructurales y experimentar poco dolor.

También podemos experimentar mucho dolor sin encontrar una lesión proporcional a su intensidad.

Esto se observa de manera especialmente interesante cuando realizamos pruebas de imagen.

Una resonancia puede mostrar protrusiones discales, degeneración, artrosis u otros cambios en personas que no experimentan síntomas importantes. Del mismo modo, existen personas con dolor persistente cuyas pruebas no muestran una explicación estructural suficiente.

 

La imagen importa.

La exploración importa.

La historia clínica importa.

Pero ninguna de ellas debería interpretarse completamente aislada.

 

Entonces, ¿por qué sigo teniendo dolor?

 

Aquí empieza una de las partes más interesantes del dolor sin causa aparente, la neurociencia del dolor.

Nuestro sistema nervioso tiene capacidad para cambiar.

Aprende.

Se adapta.

Modifica su sensibilidad.

Cuando un dolor permanece durante mucho tiempo, en algunas personas pueden producirse cambios en la manera en la que el sistema nervioso procesa determinadas señales.

Podríamos imaginarlo como una alarma.

Una alarma normal debería activarse cuando alguien intenta entrar en casa.

Pero imaginemos que con el tiempo se vuelve extremadamente sensible.

Primero empieza a sonar cuando alguien toca la puerta.

Después cuando pasa un camión.

Finalmente puede activarse con estímulos que antes no habrían supuesto ninguna amenaza.

La casa no se está inventando la alarma.

La alarma realmente está sonando.

El problema está en cómo se ha regulado el sistema.

En determinados cuadros de dolor persistente puede ocurrir algo conceptualmente parecido.

El término sensibilización se utiliza para describir procesos en los que aumenta la respuesta del sistema nociceptivo. Dentro de algunos cuadros de dolor crónico también hablamos de mecanismos de sensibilización central y de dolor nociplástico.

Esto no significa que cualquier dolor que no aparezca en una resonancia sea automáticamente “sensibilización central”.

Significa que el sistema nervioso también forma parte de aquello que tenemos que valorar.

 

“Pero yo noto una contractura”

 

Y probablemente exista.

Una cosa no excluye necesariamente la otra.

Una persona puede presentar aumento del tono muscular, limitación de movilidad, dolor articular o determinadas alteraciones musculoesqueléticas y, al mismo tiempo, existir factores relacionados con sueño, estrés, carga física, sedentarismo, miedo al movimiento o procesamiento del dolor que estén influyendo en la evolución.

Este es uno de los motivos por los que algunos pacientes cuentan una historia muy concreta:

“Me tratan la contractura y durante unos días estoy muchísimo mejor. Después vuelve.”

Cuando esto ocurre repetidamente, quizá haya llegado el momento de dejar de preguntar únicamente:

¿Cómo quitamos esta contractura?

Y empezar a preguntar:

¿Por qué esta zona necesita volver a ponerse así?

Ahí cambia completamente la conversación.

 

El sueño puede modificar cuánto te duele

 

Dormir mal no solamente provoca cansancio.

El sueño y el dolor mantienen una relación estrecha y bidireccional.

El dolor puede dificultar dormir y un sueño insuficiente o de mala calidad puede modificar la sensibilidad al dolor al día siguiente.

Esto puede generar círculos bastante frustrantes.

Te duele y duermes peor.

Como duermes peor estás más cansado, toleras peor determinadas cargas y el organismo puede responder de manera diferente a los estímulos dolorosos.

Esa noche vuelves a dormir mal.

Y el ciclo continúa.

Por eso cuando una persona lleva meses con dolor, preguntar cómo duerme no es alejarnos del problema musculoesquelético.

Puede formar parte del problema.

¿Y el estrés?

Aquí necesitamos evitar uno de los errores que más rechazo provoca en las personas con dolor.

Decir:

“Eso es estrés”.

Como si hubiéramos explicado algo.

O peor todavía, como si significara:

“No tienes nada”.

El estrés es fisiología.

Cuando nuestro cerebro interpreta que existe una situación que necesita afrontar, se producen cambios en múltiples sistemas del organismo.

Modificamos frecuencia cardiaca, respiración, atención, actividad autonómica y liberación hormonal, entre otros procesos.

Esto es normal.

El problema puede aparecer cuando determinadas situaciones se mantienen durante semanas o meses y apenas existen periodos suficientes de recuperación.

Hay personas que identifican perfectamente esa relación.

“Cuando estoy de vacaciones me duele mucho menos.”

“Cada vez que tengo una época complicada vuelven las cervicales.”

“Cuando discuto noto inmediatamente la mandíbula.”

“En el trabajo estoy todo el día con los hombros arriba.”

Eso no significa que el dolor sea imaginario.

Significa que somos un organismo completo y no un conjunto de piezas independientes.

 

¿Las emociones se quedan almacenadas en los músculos?

 

Es una expresión muy utilizada.

Y merece matizarse.

No tenemos evidencia para afirmar literalmente que una emoción determinada quede guardada dentro de un músculo concreto como si el trapecio almacenara estrés o el psoas almacenara miedo.

Pero sería igualmente incorrecto concluir que las emociones no pueden modificar el cuerpo.

Piensa en algo sencillo.

Recuerda una situación en la que sentiste vergüenza.

Probablemente tu cuerpo hizo algo.

Ahora piensa en una situación de miedo intenso.

Otra respuesta corporal.

Enfado.

Otra.

Las emociones tienen componentes fisiológicos y pueden acompañarse de cambios en respiración, actividad muscular, frecuencia cardiaca, conducta, atención y percepción.

Por eso en Sampai Salud nos interesa estudiar la relación entre dolor físico, sistema nervioso y estado emocional sin reducir cualquier síntoma a una emoción ni separar artificialmente cuerpo y mente.

La pregunta interesante no es:

“¿Qué emoción está atrapada en esta vértebra?”

La pregunta puede ser:

“¿Qué factores están influyendo en cómo este organismo está respondiendo?”

 

Tu mandíbula puede estar participando más de lo que imaginas

 

Haz una prueba ahora mismo.

Observa tus dientes.

¿Están tocándose?

Hay personas que mantienen durante buena parte del día cierto grado de tensión mandibular sin ser conscientes de ello.

Trabajando.

Conduciendo.

Contestando mensajes.

Concentradas delante del ordenador.

La articulación temporomandibular, la musculatura masticatoria y la región cervical mantienen relaciones funcionales que hacen interesante valorar la mandíbula en determinados pacientes con cervicalgia, cefalea o dolor facial.

Por eso una persona que consulta por dolor cervical puede sorprenderse cuando durante una valoración le preguntamos si aprieta los dientes.

El lugar donde duele sigue siendo importante.

Simplemente estamos ampliando el mapa.

 

El intestino también habla con el cerebro

 

Nuestro aparato digestivo mantiene una comunicación constante con el sistema nervioso.

El denominado eje intestino-cerebro incluye vías nerviosas, endocrinas, inmunológicas y metabólicas.

Por eso el estrés puede modificar la función digestiva y determinadas alteraciones digestivas pueden coexistir con síntomas que afectan al bienestar general.

Esto tampoco significa que cualquier dolor de espalda proceda del intestino.

Sería sustituir una simplificación por otra.

Significa que cuando alguien presenta simultáneamente dolor persistente, alteraciones digestivas, problemas de sueño, cansancio y periodos de elevado estrés quizá resulte interesante dejar de analizar cada elemento como si perteneciera a cinco personas diferentes.

Todo está ocurriendo dentro del mismo organismo.

 

¿Por qué una visión integrativa puede tener sentido?

 

La palabra integrativa se utiliza muchísimo y algunas veces termina significando prácticamente cualquier cosa.

Para nosotros debería significar algo bastante concreto: integrar información.

Una persona llega por dolor cervical.

Valoramos la región cervical.

Pero también puede ser relevante conocer cómo empezó el dolor, qué movimientos lo modifican, cómo trabaja, cuánto duerme, si practica ejercicio, si aprieta la mandíbula, si existen antecedentes relevantes, cómo está evolucionando el problema y qué tratamientos ha probado.

Después decidimos qué información importa realmente.

No buscamos encontrar veinte problemas donde existe uno.

Buscamos evitar mirar únicamente una pieza cuando la evolución del paciente nos está indicando que necesitamos ampliar la perspectiva.

Dependiendo del caso, un abordaje de un «dolor sin causa aparente» puede incluir fisioterapia, osteopatía, ejercicio terapéutico, educación sobre dolor, acupuntura, trabajo sobre hábitos o intervención emocional, entre otras posibilidades, siempre en función de la valoración y de lo que corresponda trabajar.

Y algunas veces la conclusión correcta será derivar.

Porque una visión integrativa también significa saber cuándo un síntoma necesita valoración médica u otro profesional.

Hay síntomas con los que no deberíamos experimentar

No todo dolor persistente debe abordarse inicialmente como un problema musculoesquelético.

Existen situaciones que necesitan valoración sanitaria, especialmente cuando aparecen síntomas nuevos o preocupantes.

Por ejemplo, un dolor intenso después de un traumatismo importante, pérdida progresiva de fuerza, alteraciones importantes de sensibilidad, fiebre acompañada de determinados dolores, pérdida de peso inexplicada, cambios relevantes en el control de esfínteres o síntomas neurológicos nuevos requieren valoración adecuada.

También cualquier dolor que cambie de características de forma llamativa o genere preocupación merece ser consultado.

La integración empieza descartando aquello que no debemos pasar por alto.

“He probado de todo”

Quizá esta sea una de las frases que más nos interesa escuchar.

No porque sea buena noticia.

Porque contiene muchísima información.

¿Qué has probado?

¿Qué funcionó?

¿Cuánto duró la mejoría?

¿Qué no cambió absolutamente nada?

¿Hubo algún periodo en el que desapareció el dolor?

¿Qué estaba ocurriendo entonces?

A veces un tratamiento que produjo solamente tres días de mejoría se considera un fracaso.

Para nosotros esos tres días también contienen información.

Algo cambió.

La pregunta es por qué volvió.

En los problemas persistentes, la historia de los tratamientos anteriores puede ser casi tan importante como la descripción del dolor actual.

 

Un pequeño ejercicio para entender mejor tu dolor

 

Si llevas tiempo con molestias recurrentes, durante siete días registra una vez al día cinco cosas:

Tu nivel de dolor de 0 a 10.

Cuántas horas has dormido.

Cómo ha sido tu nivel de estrés.

Qué actividad física has realizado.

Y qué estaba ocurriendo cuando el dolor estuvo mejor y peor.

No cambies nada deliberadamente durante esa semana.

Observa.

Quizá no encuentres ningún patrón.

Pero algunas personas descubren cosas interesantes.

Que el peor día aparece después de dormir cinco horas.

Que durante el fin de semana disminuye.

Que después de caminar mejora.

Que los días con mayor tensión laboral aprietan muchísimo más la mandíbula.

O que no existe ninguna relación evidente y necesitamos seguir buscando.

El objetivo no es convertirte en tu propio terapeuta.

Es empezar a conocer mejor el comportamiento del síntoma.

 

Cuando nadie encuentra “la causa”

 

Existe una expectativa comprensible cuando algo nos duele.

Queremos encontrar la causa.

Una estructura.

Una lesión.

Una explicación.

Y muchas veces existe.

Pero los problemas persistentes pueden ser multifactoriales.

Esto significa que quizá no exista una única pieza que, al corregirla, haga desaparecer automáticamente todo lo demás.

Puede existir una combinación diferente en cada persona.

Carga física.

Sensibilidad del sistema nervioso.

Sueño.

Condición física.

Factores musculoesqueléticos.

Estrés.

Miedo al movimiento.

Hábitos.

Contexto emocional.

Otros problemas de salud.

El trabajo no consiste en asumir que todos participan.

Consiste en descubrir cuáles importan en tu caso.

 

Quizá necesitas una pregunta diferente

 

Si llevas meses o años con dolor y las pruebas no han encontrado una explicación suficiente, entendemos la frustración que puede generar escuchar una y otra vez que “todo está bien”.

Que no aparezca una lesión grave es una buena noticia.

Pero sigues necesitando entender por qué te duele.

En Sampai Salud trabajamos desde una visión integrativa precisamente con personas que muchas veces llegan después de haber probado diferentes abordajes y continúan buscando una explicación para sus síntomas.

Nuestro objetivo en una primera valoración no es prometer que conocemos la respuesta antes de haberte visto.

Es intentar hacer mejores preguntas.

Qué está ocurriendo.

Cuándo empezó.

Qué lo mantiene.

Qué sistemas pueden estar participando.

Qué podemos trabajar.

Y qué necesitamos descartar o derivar.

Porque después de mucho tiempo preguntando:

 

“¿Dónde está mi lesión?”

 

quizá haya llegado el momento de plantear algo diferente:

 

“¿Por qué mi cuerpo sigue necesitando producir dolor?”

 

Y empezar desde ahí.

 

¿Llevas tiempo con dolor y sientes que nadie consigue unir todas las piezas?

 

Puedes solicitar una valoración en Sampai Salud para estudiar tu caso de forma individual y determinar qué abordaje puede tener sentido para ti.

 

Pide tu cita a través de sampaisalud.com o contacta con nuestro equipo para recibir información.

Redes sociales:

Scroll al inicio